martes, 17 de enero de 2012
De mi lengua pervertida.
No sé porque siempre que estoy borracho y enamorado acabo hablando en inglés. Supongo que tiene que ver con el hecho de que acabo viendo en todos a esa persona que de otro modo no me hubiera entendido. Al final creo que lo más justo para mi es decir lo que siento justo como lo siento, en inglés, árabe, español o con dibujos al final del cuaderno. Pero no deja de ser raro. Cuando pienso en mi presente lo hago en español, lo cual hasta ahora es una buena señal, aunque también caótica. Lo que quiero decir es que no soy bipolar, ni chicano, ni prefiero un idioma sobre otro.
Me encanta pensar que es turno de hablar de alguien y decirle Te amo y que me entienda, dedicarle una canción, un poema, o mejor aún que no hayan palabras, que sean silencios y miradas lo que nos comuniquen.
Y para ser honestos, hay alguien, que veo a diario, nos hablamos y escribimos diario. Pero estoy socialmente imposibilitado a decirle qué pasa por mi mente y a veces por mis entrañas. Trabajamos juntos y creo que no podría decirle nada, porque tengo esta teoría que si él siente o percibe algo y me corresponde, me dirá algo o sencillamente las cosas fluirán entre los dos.
Así que aquí estoy, deambulando entre mi pasado y mi presente, tratando de encontrar respuestas o bien una válvula de escape para esta olla exprés.
Si pudiera darles un consejo además de no comer cheetos y fanta azul sería nunca se enamoren de alguien de su trabajo (sobre todo en esos trabajos aburridos, protocolarios, diplomáticos y menguantes de la personalidad) porque no tienen salida, no podrán externar sus sentimientos, ni callarlos sin afectar su rutina, ni si quiera platicar de una manera adulta acerca de esas mariposas que sienten al verlo. Huyan, y si no queda otra salida, escriban, o vayan al psicólogo o cambien de trabajo.
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